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IDD-Lat 2006 -
Tendencias del desarrollo democrático
por país
ARGENTINA
 
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Luego de haber descendido durante el 2003 y el 2004 –reflejo de su severa crisis
político institucional de fines de 2001-, en el 2005 el índice había comenzado a
mejorar pero sin alcanzar el promedio de la Región. Sin embargo durante el 2006,
el valor del IDD-Lat ha crecido más del 22%. Hoy, es uno de los pocos países que
superan el promedio de la Región.
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Argentina ha mejorado sus resultados en todas las dimensiones, destacándose en
la Dimensión IV, tanto en los indicadores económicos como en los sociales,
aunque los primeros no están por encima de los valores obtenidos en el 2002. Sin
embargo, el nivel alcanzado en la Dimensión III “Calidad Institucional y
Eficiencia Política” es muy bajo, lo que la califica entre los países con
mayores problemas en la región.
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Ha mejorado en la Dimensión II, “Respeto de los Derechos Políticos y Civiles”,
pero aún sin lograr alcanzar el mejor puntaje obtenido en el 2002. Esto se debe
a sus logros en el Voto de Adhesión política y en Derechos Políticos, aunque aún
muestra sus flaquezas en “Condicionamiento de Libertades y Derechos por
inseguridad”.
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En la Dimensión III, “Calidad Institucional y Eficiencia Política”, que –como
dijimos- es en la que peor califica, ha logrado –sin embargo- mejorar su
puntaje en Percepción de la Corrupción, Participación de los partidos Políticos
en el Poder Legislativo y en Accountability. Su nivel –aunque todavía muy bajo-
ha ido mejorando año tras año, especialmente en lo que respecta al indicador de
Accountability tras haber logrado salir de una situación de crisis
político-institucional con el llamado a elecciones presidenciales en el 2003.
MEMORIA DEMOCRÁTICA
4.1 ARGENTINA
El año 2005 fue un año electoral para la Argentina, ya que tuvieron lugar las
elecciones para renovar el congreso durante el mes de octubre. El presidente
Néstor Kirchner decidió presentar esos comicios como un verdadero plebiscito
para ratificar su mandato. Se renovaban la mitad de los diputados nacionales
(127) y un tercio de los senadores (24). Además, se votaba para elegir 400
legisladores provinciales en trece provincias, y 55 intendentes en un total de
ocho provincias.
La campaña comenzó a mediados de junio de 2005, y las internas abiertas y
obligatorias se realizaron el 7 de agosto de 2005 según una ley aprobada en
2002, pero que sólo se aplicó a partir de ese año. Sin embargo el sistema fue un
relativo fracaso ya que el partido mayoritario (PJ) no presentó precandidatos
sino que prefirió presentarse dividido en varios frentes electorales, mientras
que otros partidos prefirieron presentar listas únicas. Los pocos partidos que
se presentaron a internas (UCR, PS) terminaron en escándalos electorales donde
abundaron las peleas internas y las denuncias de corrupción.
Kirchner -que había ido ampliando su poder dentro del Partido Justicialista y
extendiendo su control sobre las instituciones nacionales luego de la escasa
votación (22%) que sacara durante la primera vuelta de las elecciones
presidenciales que lo llevaron al poder- quería y necesitaba un aval para
consolidar definitivamente su posición política. Puede decirse que lo logró,
aunque mucho más en la consideración de la opinión pública que en los números
reales del escrutinio.
Su mayor victoria la logró con el triunfo de su esposa, Cristina Fernández de
Kirchner, que ganó por amplio margen (46% a 20%) la importante senaduría de la
provincia de Buenos Aires a la esposa de Eduardo Duhalde, ex presidente, a quien
se consideraba como caudillo indisputado del peronismo. Pero, aparte de este
éxito, que le otorgó un control bastante amplio del partido, Kirchner no pudo
alcanzar la mayoría absoluta entre los diputados y perdió en la capital, la
Ciudad de Buenos Aires, frente a una coalición de centro derecha encabezada por
Mauricio Macri. Su candidato, el ex canciller Bielsa, quedó tercero en esa
contienda, detrás de la coalición de izquierda de Elisa Carrió. No obstante,
debe señalarse que con acuerdos formales e informales, Kirchner logró reunir una
mayoría propia de diputados. El caso más sonado fue la incorporación al
kirchnerismo de un diputado emblemático de la centro derecha, el conocido médico
Lorenzo Borocotó, que antes de asumir y en conferencia de prensa en la Casa
Rosada declaró que –pese a haber batallado en toda la campaña contra Kirchner y
su programa político- tras una conversación de una hora con el presidente se
había “dado cuenta” que coincidía plenamente con él y, antes de asumir, anunció
su cambio de bando, dando lugar a un nuevo verbo usado ahora en Argentina para
definir las acciones de transfuguismo político, que es “borocotear”.
El radicalismo, el otro tradicional partido político argentino – que venía
del fracaso en 2001 de la presidencia de Fernando De la Rúa, que se vio obligado
a renunciar por la crisis a mediados de su mandato- obtuvo un resultado bastante
aceptable, con 41 diputados, destacándose la derrota de la corriente interior
alfonsinista. Otros datos a destacar son la disminución de los diputados
vinculados al poder sindical (que pasaron de 35 a menos de 10) y el segundo
lugar del ex presidente Carlos Menem en su provincia natal de La Rioja, que le
permitió alcanzar una senaduría.
En resumen, si bien Kircher alcanzó una victoria contundente con respecto a
los oponentes de su propio partido, emergieron dos fuerzas que podrían
complicarle el futuro: la de centroizquierda, en la que Carrió ha alcanzado una
cierta hegemonía, y la de centro derecha, con Macri por ahora al frente. Ambas
fuerzas se irán preparando para restarle margen al presidente en un entorno
económico en que se destaca el crecimiento sustentado en el comportamiento
expansivo de la economía internacional y la aparición ominosa de la inflación,
fantasma al que los argentinos temen por haber sufrido terribles experiencias
durante las décadas que van de los sesenta a los ochenta.
La sorpresiva salida del ministro de economía, Roberto Lavagna, se inscribió
dentro de la nueva ecuación de poder que quedó establecida después de las
elecciones parlamentarias del 23 de octubre. Lavagna había asumido en abril de
2002, durante la presidencia interina de Eduardo Duhalde, en medio de la crisis
económico-social mas dramática de la historia contemporánea del país y había
logrado enderezar un barco que parecía destinado a hundirse, por ende, su
desempeño como ministro fue calificado como muy positivo: la economía creció
desde entonces 30% en forma acumulada, las cuentas públicas mostraron 3 años
consecutivos de un holgado superávit primario (hecho inédito en la historia), la
pobreza se redujo de 55 a 38% y la indigencia lo hizo de 27 a 15%.
Fundamentalmente, durante su gestión, se llevo a cabo la dura renegociación de
la deuda externa privada que culminó con la cancelación total de la deuda del
país con el Fondo Monetario Internacional.
En este marco, la salida de Lavagna tuvo necesariamente una lectura económica
y otra política. Por un lado, las variables macroeconómicas se encontraban lo
suficientemente sólidas como para enfrentar una posible incertidumbre de corto
plazo. Por otro lado, las desavenencias entre el ministro y el presidente
Kirchner eran crecientes precisamente por el prestigio político alcanzado por el
primero ante el innegable proceso de estabilización que tuvo la economía
argentina durante su gestión.
Así, surge una primera conclusión: el presidente Kirchner privilegió una
disputa de poder con su ministro por encima de la estabilidad económica. Una
lectura posterior de este punto revela un cauce previsible para el corto y
mediano plazo: mientras que con esta arriesgada movida Kirchner buscaba
monopolizar los futuros aciertos de su administración, la misma e implacable
lógica funcionaría para los errores. Es decir, ante la verticalización de las
decisiones la opinión publica vería en Kirchner tanto el responsable de los
eventuales éxitos como de los fracasos de los próximos dos años. A su vez, un
gobierno que de aquí en más muestre mayores errores que aciertos también tendrá
a Kirchner como único receptor de las críticas.
Kirchner, que había llegado al poder precedido de una fama de líder populista
provincial por su estilo durante su largo mandato como gobernador de la
provincia de Santa Cruz (fue reelecto varias veces con modificación
constitucional incluida), confirmó rápidamente esa fama con varias acciones
destinadas a concentrar en él el poder político e institucional del estado. En
ese marco, buscó premeditadamente presidencializar una elección de medio
término, es decir, una elección parlamentaria. Al hacerlo, pudo recibir un
castigo o un respaldo ciudadano. Al recibir un respaldo, el presidente ha leído
el resultado como la posibilidad de concentrar poder en él. A su vez, las urnas
le han informado que mientras la economía vaya bien, la opinión pública no se
alarmará por el desprecio que muestre por el Poder legislativo, el Poder
Judicial, la prensa o los sectores independientes.
Después de las elecciones del 23 de octubre, el Congreso ha quedado aún más
debilitado incapaz de ejercer un control institucional adecuado a los excesos
del Ejecutivo. Ante el sistemático avance presidencial sobre todo sector que
exprese algún grado de independencia, muchos ojos están puestos en el papel que
cumplirá la Corte Suprema de Justicia, que posee una mayoría de juristas
prestigiosos e independientes y tiene aún por resolver numerosas causas de
relevancia política e institucional.
En lo económico, la decisión más relevante del gobierno fue asumida en los
últimos días del 2005 cuando anunció que cancelaría totalmente su deuda con el
FMI. Desde la renuncia del Ministro de Economía y el recambio ministerial de
principios de diciembre, Argentina tenía planteado un gran desafío: cómo
continuar su relacionamiento con el organismo. Durante todo el 2005 el equipo
económico soportó presiones del FMI que sostenía que Argentina tenía que bajar
el tipo de cambio, aumentar las tarifas de las empresas públicas privatizadas,
incrementar la tasa de interés para combatir la inflación y revisar la situación
de los bonistas que no entraron al canje de deuda, por valor de US$ 23.400
millones de dólares, entre otras demandas. El gobierno rechazó sistemáticamente
todas las “sugerencias”, advirtiendo que no estaba dispuesto a modificar una
política económica que había permitido la recuperación de las condiciones de la
economía actual.
Así, tras el alejamiento de Lavagna se produjo el inesperado anuncio de
Kirchner: “¡basta de deuda externa!”, “¡Argentina se libera!”. Con esta decisión
Argentina pagó al Fondo 9.810 millones de dólares durante los primeros días de
2006, con los cuales canceló el total de su deuda con el FMI, lo que
representaba un 8.9 por ciento de su deuda pública.
La situación actual de la deuda externa argentina indica que además de la
deuda con el FMI, el país mantiene una deuda con el Banco Interamericano de
Desarrollo (BID) que representa un 6.9 por ciento y una deuda con el Banco
Mundial que representa un 5.8 por ciento. La deuda restante se encuentra
dispersa en títulos públicos.
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