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IDD-Lat 2006 -
Tendencias del desarrollo democrático
por país


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Bolivia ha
sido uno de los países que más ha descendido en su puntaje de Desarrollo
Democrático este año, alcanzando el lugar Nº 17 de la tabla, seguido sólo por
Ecuador. El año pasado había alcanzado el lugar Nº 14. Esto se debe a peores
desempeños en las Dimensiones III y IV.
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Con
respecto a la Dimensión II, “Respeto de los Derechos Políticos y las Libertades
Civiles”, ha mejorado su puntuación con respecto al año pasado, aún sin poder
alcanzar el mejor valor que se produjo en el 2002. El incremento se origina en
la mayor participación de la ciudadanía en las elecciones legislativas
celebradas durante el 2005. Es complicado el nivel de inseguridad que denota el
indicador de Condicionamiento de libertades y derechos por inseguridad.
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En la
Dimensión III “Calidad Institucional y Eficiencia Política”,
el pobre resultado responde a varios factores: por un lado, el castigo del 40%
que recibe por la crisis institucional que vivió el país durante el 2005; y, por
el otro, una fuerte caída en el valor del indicador de Desestabilización (mayor
cantidad de víctimas de violencia política) y las caídas, aunque leves, en los
desempeños de Accountability y de Participación de los partidos políticos en el
Poder Legislativo.
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Bolivia es
el país con el peor puntaje en la
Subdimensión “Capacidad para Generar Políticas que Aseguren Eficiencia
Económica”
del total de países analizados. Y en esto inciden negativamente los indicadores
de Inversión y PIB per cápita. Mejora levemente en Libertad Económica y
fuertemente en Endeudamiento.
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En lo que
respecta a la Subdimensión Social, desciende con respecto al valor obtenido en
el 2005 por su peor desempeño en Salud, en Educación y en el indicador de
Pobreza. Sólo muestra logros en lo que respecta al desempleo.
MEMORIA DEMOCRÁTICA
BOLIVIA
Bolivia
celebró en diciembre de 2005 unas elecciones generales que debieron adelantarse
en relación con la fecha inicialmente prevista: 2007. El cambio fue consecuencia
directa de la grave crisis política y social que atravesaba el país y que había
obligado al entonces presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, a nombrar un nuevo
gabinete en febrero 2003 y a renunciar en diciembre de ese mismo año. Sánchez de
Lozada fue sustituido entonces por su vicepresidente, Carlos Mesa, quien nombró
un gabinete integrado en su totalidad por gestores independientes, sin
representantes de partidos políticos, pese a lo cual también fue afectado por
las turbulencias políticas.
Carlos Mesa
asumió el gobierno con el compromiso de llevar a cabo un referendo sobre cómo
utilizar las reservas de gas del país, uno de los catalizadores de la caída de
Sánchez de Lozada; y la formación de una Asamblea Constituyente que ayudara a
refundar al país. Llegó con la promesa de agotar todas las vías de diálogo y
rechazar el uso de la violencia. Casi desde el principio, su gobierno estuvo
acechado por las protestas y presiones, además de una conflictiva relación con
el Congreso donde el gobernante carecía de apoyo.
A pesar de su
alta popularidad, de acuerdo a las encuestas, Mesa no pudo lograr la aprobación
de una ley de hidrocarburos, que a su juicio, respetaba lo establecido por el
pueblo boliviano en el referendo sobre el gas, uno de los pocos éxitos políticos
que obtuvo en su año y casi cinco meses de mandato. Tampoco logró aplacar las
presiones de diferentes sectores y vio como Bolivia corría el riesgo de
desmembrarse luego de que las agrupaciones cívicas de Santa Cruz amenazaran con
proclamar la autonomía.
El eje
central de la controversia política se centró en una nueva Ley de Hidrocarburos,
que en definitiva intentara lograr una porción de la nueva renta petrolera y
gasífera para el Estado. Cuando el proyecto de ley, retocado hasta quedar
prácticamente en confirmación del statu quo, se presentó finalmente, en mayo de
2005, a la Cámara de Diputados para su aprobación definitiva, arreciaron las
protestas y manifestaciones. En todo el país se multiplicaron las huelgas, los
cortes de carreteras y las marchas; las organizaciones populares se prepararon
para la huelga general. Los sectores más radicales -los sindicatos de la Central
Obrera Boliviana (COB), las confederaciones campesinas del Altiplano y las
juntas vecinales de la ciudad de El Alto, epicentro de la insurrección de 2003-
exigieron la nacionalización sin indemnización del gas y del petróleo, la
dimisión del presidente y el cierre del parlamento, mientras que el MAS y los
sectores sindicales y campesinos afines a este partido se limitaron a pedir un
aumento de impuestos sobre las exportaciones de hidrocarburos y la convocatoria
de una Asamblea Constituyente, proyecto más bien vago de reforma constitucional
que supuestamente otorgaría una mayor participación política a las comunidades
indígenas y los movimientos sociales. A medida que la revuelta fue ganando
extensión y profundidad, se radicalizaron también sus medios y sus objetivos.
Finalmente,
en junio de 2005 el gobierno de Mesa cercado por los planteos contrapuestos de
los dirigentes indígenas de El Alto y los regionalistas de Santa Cruz, debió
renunciar (ahora en modo indeclinable, ya que en marzo el Congreso había
rechazado otro intento suyo de renuncia), y desde entonces Eduardo Rodríguez,
presidente de la Corte Suprema de Justicia, asumió interinamente, lo que –más
allá de sus intereses personales- lo obligó a un nuevo llamado anticipado de
elecciones, convalidando institucionalmente el clima de convulsión política y
social que caracterizaron los últimos años del país.
Sin embargo,
tampoco el tránsito hacia las elecciones fue demasiado fácil, en un clima de
incertidumbre política e institucional –con las elecciones bajo un manto de
dudas–, el presidente Eduardo Rodríguez señaló en octubre que, si no había
comicios el 4 de diciembre, dejaría el cargo y retornaría a la Corte Suprema de
Justicia. En un breve mensaje al país el jefe de Estado conminó al Congreso a
resolver el conflicto derivado de un fallo del Tribunal Constitucional que
obligaba a los parlamentarios a redistribuir los escaños entre las regiones de
acuerdo con el censo poblacional de 2001. Finalmente se logró un trabajoso
acuerdo en el Congreso que posibilitó llevar adelante el proceso electoral.
Lo que ha
distinguido al periodo político que comenzó con el abandono del cargo de Gonzalo
Sánchez de Lozada y culminó en la renuncia de Carlos Mesa y el interinato de
Rodríguez, fue la confluencia, en un mismo momento, y con los mismos niveles de
intensidad, de tres demandas: nacionalización de los hidrocarburos, Asamblea
Constituyente y derechos indígenas y, finalmente, se sumó la cuestión de la
autonomía de las regiones.
Entre los
temas claves de la campaña se destacaron la nacionalización del gas, la cuestión
de las autonomías y la representación de los sectores indígenas. El luego
triunfante lider cocalero, Evo Morales, y los dirigentes del MAS, desarrollaron
en la campaña un doble discurso –para nada extraño a las campañas políticas en
esta parte del mundo- ante sus seguidores campesinos e indígenas hablaban de
nacionalización y reforma agraria, mientras en sus encuentros con los
empresarios prometieron respetar y proteger la propiedad privada, incluida la de
las transnacionales y los latifundistas. Tras fracasar en un primer intento de
integrar en una alianza electoral a los movimientos radicales -los sindicalistas
de la COB y las organizaciones vecinales de El Alto desautorizaron a los
dirigentes que pretendían presentarse a las elecciones-, fueron buscando y
encontrando cada vez más el apoyo de las clases medias, los empresarios,
profesionales e intelectuales, sin olvidar los esfuerzos por congraciarse con
los militares y los latifundistas: en septiembre, Morales aseguró en Santa Cruz
que no permitiría las ocupaciones de tierras por los campesinos, y la consigna
de la reforma agraria desapareció de los discursos electorales del partido.
Finalmente,
el 18 de diciembre, Evo Morales, candidato del partido Movimiento Al Socialismo
(MAS), se impuso por mayoría absoluta, con el 54 % de los votos, muy por delante
del 28,5 % de su máximo rival, el conservador Jorge Quiroga, en la primera
vuelta. Morales se convirtió de este modo en el primer presidente indígena de la
historia del país.
Por primera
vez, además, se escogieron por voto popular los prefectos (gobernadores) de los
9 departamentos en que se divide el país, avanzándose de este modo hacia la
descentralización de la nación andina. La victoria de Evo Morales creaba fuertes
elementos conflictivos a nivel regional que se derivaron de varios factores: a)
como líder de los agricultores cocaleros, posición que le dio un fuerte punto de
partida para lograr sus ambiciones políticas, el líder cochabambino desafíó
abiertamente a los Estados Unidos y su política de supresión de los cultivos de
esa hoja, de consumo tradicional en Bolivia y otros países andinos, pero materia
prima también para la elaboración de cocaína. Morales prometió permitir la libre
producción de coca, con lo que amenazó de un modo directo la política que los
Estados Unidos vienen desarrollando desde hace varios años al respecto. La
estrategia norteamericana parece haber encontrado así, por primera vez, una
oposición franca y decisiva, que obligará a repensar sus líneas de acción; b)
como líder de izquierda, aliado a los grupos más radicales del indigenismo y el
sindicalismo bolivianos, Evo Morales expresó una tendencia hacia el socialismo
que amplió en la región, el problema creado ya por el eje Cuba-Venezuela. Esto
despertó bastante preocupación en Brasil y en países como el Perú, donde se
temía que se expandiera esa tendencia; c) como nacionalista de izquierda,
proclive a la política de nacionalizaciones de los recursos básicos, Evo
prometió una política que se opone francamente a la globalización y los diversos
acuerdos de integración que se gestan en la región.
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