Presidencialismo y Desvanecimiento de los Parlamentos
En
la América del Sud la República es la monarquía destronada
y
caída en el nivel común por la acción de las cosas.
Es la
monarquía sin rey, ejercida por
un
ciudadano con el título de Presidente.
Juan
Bautista Alberdi
Desvanecer: Disgregar o difundir las partículas de un cuerpo en otro
–
Diccionario de la Real Academia Española
Quienes hacemos el IDD-Lat, entendemos que en el proceso
democrático, el comportamiento de las instituciones es realmente
trascendente para potenciar, o limitar según el caso, el desarrollo de la
democracia y el cumplimiento de sus fines. De allí que pongamos tanto
énfasis en valorar el grado de avance o retroceso que los países
latinoamericanos presentan en su desarrollo democrático, ya que la
democracia es un camino sin final, en el que -muchas veces- los ciudadanos
estamos perdidos y sin referencias próximas que nos indiquen si hemos
avanzado o retrocedido y cuánto lo hemos hecho.
Debido a esa preocupación por identificar cuestiones
objetivables que nos permitan evaluar la performance de avance o retroceso
de cada sociedad en relación con sus propios vecinos, cada año nos
detenemos en el análisis de un tema que, por su extensión o profundidad en
las entrañas culturales de la sociedad democrática latinoamericana,
constituye a nuestro criterio un riesgo o acechanza para la evolución
democrática de la región.
De allí que, durante los años recientes, en cada
publicación del IDD-Lat trabajamos en el análisis de:
·
Desarrollo Humano y Democracia (año 2003);
·
Debilitamiento de las Instituciones Democráticas (año 2004)
·
Impacto Institucional del Debilitamiento de los Partidos
Políticos (año 2005)
·
Tecnopopulismo y Desarrollo Democrático (año 2006)
En la tarea de focalizar año a año alguno de los problemas
que enmarcan y condicionan la evolución democrática de América Latina,
este año tratamos de alertar sobre el impacto que tendrá la continuidad
del modelo hiperpresidencialista y la desvalorización de la institución
parlamentaria que tanto dirigentes como dirigidos vienen realizando
sistemáticamente en gran parte de los países de la región.
Como ya señalaba el gran pensador de la naciente república
argentina en el siglo XIX, Juan Bautista Alberdi, este problema no es
nuevo en la cultura política latinoamericana, son lamentablemente muchos
los dirigentes que habiendo accedido a la presidencia de los países –sea
por convicción o conveniencia- terminan convencidos de que son la
materialización de esa “monarquía sin rey” (… y es sin rey solo porque las
tradiciones políticas vigentes no lo facilitan) y trabajan denodadamente
para convencer a propios y extraños de que toda voluntad que se oponga a
la del “soberano presidente” sólo es una expresión contraria a “los
intereses de la patria”, que pone en riesgo “la república”, según ellos
mismos la entienden.
Exponentes claros de este pensamiento y de este modelo
político fueron las dictaduras y las dictablandas que, con
gobiernos militares o seudodemocráticos poblaron la historia del último
siglo en América Latina.
Esa
ya larga y también penosa tendencia de los dirigentes por un poder
excluyente y preferentemente perdurable,
encuentra un primer escollo a vencer que es un Parlamento en pleno
ejercicio de sus atribuciones.
Si bien el régimen presidencialista en la región se
caracteriza por el ejercicio del Poder Ejecutivo a cargo de un Jefe de
Estado que es al mismo tiempo Jefe de Gobierno, promulga las leyes, dirige
la política interna o externa de la Nación y nombra a sus ministros y
asesores sin interferencia de otros poderes del Estado, los excesos van
potenciando la exclusión del Parlamento y la Justicia, ya que el Ejecutivo
pasa a ocupar casi todo el espacio de discusión, decisión y acción
política. Incluso en países que como la Argentina (con el Jefe de
Gabinete) y Perú (con el Premier) intentaron morigerar estas
características, poco se ha logrado y se asiste a un fuerte
hiperpresdencialismo que opaca y hasta anula el rol de esas nuevas figuras
institucionales.
El ranking de países con mayores atribuciones
presidenciales es encabezado por Venezuela, Argentina, Brasil y Colombia,
aunque en los últimos años la asignación de facultades extraordinarias al
Poder Ejecutivo se ha reforzado en toda la región, incluyendo la sanción
de normas para prolongar mandatos y/o facilitar reelecciones. Chávez ha
construido una arquitectura institucional que permite concentrar en sus
manos la suma del poder público; desde 1989 Argentina vive bajo un estado
de emergencia permanente, con leyes que se prorrogan año a año extendiendo
la transferencia de funciones legislativas, incluso bajo diversos
gobiernos; Lula en Brasil reforzó las atribuciones legadas por su
antecesor y Uribe en Colombia obtuvo entre 2001 y 2004 un cúmulo inédito
de superpoderes. Morales en Bolivia y Correa en Ecuador batallan por
lograr atribuciones excepcionales y otros presidentes, abierta o
solapadamente, reclaman actualmente facultades excepcionales.
La recurrencia de crisis económicas y sociales han sido el
caldo de cultivo para esta gravitación del presidencialismo. Las
turbulencias han sido tan repetidas y devastadoras, que facilitaron y
justificaron la instauración de formas muy personalistas de conducción del
estado.
Paradójicamente, en un repaso de las situaciones críticas
del resurgimiento democrático de las últimas décadas en la región, el
Poder Legislativo removió de su cargo (o forzó la renuncia) de Fernando
Collor de Mello en Brasil en 1992, Carlos Andrés Pérez en Venezuela en
1993, Abdalá Bucaram en Ecuador en 1997 y Raúl Cubas Grau en Paraguay en
1999. Los congresistas intentaron sin éxito remover de su cargo a Ernesto
Samper de Colombia en 1996 y a Luis González Macchi de Paraguay en 2001 y
2002. Otros presidentes fueron obligados a renunciar en Argentina en
2001, en Bolivia en 2003 y 2005, en Ecuador en 2000 y 2005, en Guatemala
en 1993, en Perú en 2000. Ninguna de estas crisis determinó un quiebre de
la democracia. Los militares jugaron un papel clave solamente en el Perú
en 1992 (con el autogolpe liderado por Alberto Fujimori), en Guatemala un
año más tarde (los oficiales de rango medio se negaron a apoyar un
autogolpe similar, y el presidente Serrano debió renunciar), y en Ecuador
en 2000 (un golpe forzó la salida del presidente Jamil Mahuad, pero la
junta militar no pudo ocupar el poder).
En el análisis de esta situación regional, al menos tres
respuestas han comenzado a emerger desde ámbitos académicos. Para Arturo
Valenzuela, la caída reiterada de presidentes simplemente ha corroborado
la inestabilidad intrínseca del presidencialismo (ya Sartori en los ’90
había sostenido reiteradamente que el presidencialismo era más inestable
que los parlamentarismos a partir de datos estadísticos de caídas de
gobiernos). Una segunda interpretación, representada por autores como John
Carey y contraria a la de Valenzuela, ha enfatizado la aparente
“parlamentarización” del presidencialismo latinoamericano. La tercera
línea de investigación ha comenzado a ver las recientes crisis
presidenciales como un producto del desgaste del modelo neoliberal,
enfatizando el rol de la protesta popular como una forma de accountability
social (Peruzzotti y Smulovitz 2002).
O sea que paradójicamente los Parlamentos se desvanecen y
pierden significación en la normalidad democrática de los regímenes
presidencialistas, pero al mismo tiempo emergen como una “última reserva
de institucionalidad” que cobra protagonismo y ayuda a resolver las
situaciones de crisis sin quebrar el régimen democrático.
Aunque volveremos sobre la importancia de este rol de
“última reserva de institucionalidad” del Poder Legislativo, interesa
identificar las causas que contribuyen a conformar un estado de
desvanecimiento de los Parlamentos en la “normalidad democrática, entre
ellas:
a)
las
amplias facultades del presidente para determinar el desarrollo económico
y la planificación, la política fiscal, las obras públicas, las políticas
sociales y la creación y el manejo de las empresas públicas;
b)
las
estructuras de clientelismo político;
c)
la
consolidación de burocracias estatales ineficientes;
d)
los
altos niveles de corrupción; y
e)
la
extendida aplicación del estado de excepción por parte del Poder Ejecutivo
con limitaciones al parlamento.
Un
párrafo particular merece el estado de corrupción que impera en buena
parte de las repúblicas latinoamericanas y el impacto que el
presidencialismo fuerte y el modo de elegir a los parlamentarios tienen,
según la estudiosa del fenómeno de la corrupción Rose-Ackerman (1999) “de
acuerdo con los estudios estadísticos, la peor combinación, la que más
alienta la corrupción, es la de un sistema político basado en un
presidente con amplios poderes y legisladores elegidos por un sistema de
representación proporcional”.
En este marco condicionante de causas externas a los
cuerpos parlamentarios, resulta prácticamente imposible que el Poder
Legislativo desarrolle sus funciones propias de control del Gobierno, de
legislación y de representación. Ya que a las condiciones de entorno que
dificultan la consolidación de la función parlamentaria, se suman
problemas propios de los cuerpos colegiados, tales como:
a)
la
calidad de la representación;
b)
la
falta de liderazgo institucional de los Parlamentos;
c)
la
falta de discusión de los temas centrales de la agenda social;
d)
la
disciplina de voto;
e)
Los
altos niveles de corrupción; y
f)
el
canje de leyes a cambio de favores políticos.
Alberdi describía, en sus escritos, una América del Sud
signada por la anarquía y los desafíos caudillescos que sucedieron a la
ruptura con la corona española en el nacimiento de las repúblicas; sin
embargo, el hiperpresidencialismo se ha afianzado hoy como característica
propia del ejercicio del poder en la región, al punto que se ha
constituido en la forma natural de funcionamiento de las democracias
latinoamericanas.
La libre confrontación de las ideas que surge del inmenso
ámbito de la libertad - cuyo espacio natural en la democracia es el
Parlamento - la oposición responsable y crítica hacia medidas de gobierno,
la proposición de acciones o proyectos alternativos, no sólo son actos
legítimos, sino enriquecedores para una sociedad democrática que lo sea de
verdad.
Por tanto, no hay que temerlos, sino exigirlos.
En ese temerario y temible impulso de los gobiernos de la
región por devaluar las funciones parlamentarias se van desvaneciendo las
importantísimas funciones parlamentarias que agregan valor y calidad a la
democracia:
.1
Función de control del Gobierno
La función de control parlamentario, propio de la
República, es uno de los principales estorbos para el abuso de poder que
caracteriza al hiperpresidencialismo. Para limitarlo, o directamente
eliminarlo, el Poder Ejecutivo cuenta con importantes ayudas; entre otras:
mayorías parlamentarias que responden al gobierno y se convierten en
correa de transmisión para avalar automáticamente sus decisiones; la
tendencia de los medios de comunicación a devaluar la función
parlamentaria y la desvalorización ciudadana del rol de los parlamentarios
y de los parlamentos; la propia incapacidad de quienes dirigen e integran
los cuerpos parlamentarios para revertir su desprestigio político y
social.
El generalizado incumplimiento de esta función de control
se evidencia en la ausencia de la oposición legislativa en los órganos
relevantes del Parlamento. En esos órganos la minoría no es aceptada, o
solo está presente en aquellos casos en los que sus decisiones pueden ser
aplastadas por la mayoría.
.2
Función Legislativa
Al convertir al Parlamento en un órgano de ratificación
automática de los proyectos del Gobierno esta función queda totalmente
desvirtuada. De forma que el Parlamento propiamente no legisla sino que
ratifica las propuestas legislativas del Gobierno, dando cobertura formal
y legitimada a decisiones tomadas fuera del ámbito parlamentario.
Son escasos los proyectos de ley propios de legisladores
del Congreso que finalmente resultan sancionados, comparados con las
iniciativas legislativas del Gobierno. Salvo contadas excepciones no se da
un verdadero debate de los proyectos de ley, sino una lisa y llana
imposición de la mayoría en su votación y aprobación de textos que la
mayoría de las veces vienen ya atados y ultimados desde las esferas de
poder del Ejecutivo.
También en la legislación extraordinaria la mayoría
parlamentaria consiente el abuso de la función legislativa por parte del
Gobierno. El abuso de “la excepción” vulnera el espíritu de la
democracia y los términos estrictos y excepcionales de los preceptos
constitucionales habilitantes de las competencias legislativas del
Gobierno. A su vez, el Poder Judicial completa el marco del abuso
convalidando ese accionar al ignorar los recursos judiciales que sectores
de oposición plantean contra esta modalidad operativa de los gobiernos.
Si bien sólo en tres países de la región el presidente
posee la facultad de emitir decretos-leyes: Argentina, Brasil y Perú, a la
lista habría que sumar a Venezuela, donde ya no importa tanto la
reglamentación formal pues Hugo Chávez controla la totalidad de la
Asamblea Legislativa y en Colombia, el presidente debe declarar antes el
estado de emergencia, pero aun así, en la mayoría de los países se las
arreglan para la generación de legislación extraordinaria que otorga
mayores poderes al Ejecutivo. Como ya ha sido mencionado, bajo formas
diversas, un gran número de países de la región se han convertido en
claros ejemplos de la concentración del poder en el Ejecutivo.
.3
Función Representativa
La cuestionable calidad de los sistemas electorales, el
clientelismo político, las nuevas técnicas de marketing político, la
dilución de las estructuras ideológicas de los partidos políticos, la
constante irrupción de intereses económicos para sostener candidatos
afines a sus necesidades, son sólo una parte del complejo de causas que
desafían la calidad de la representación de los parlamentarios y
constituyen una fuente adicional para el descrédito de los Congresos y de
sus integrantes.
Por otro lado la dilución de las estructuras políticas y la
inexistencia de líneas de acción y de control definidas, por parte de los
partidos políticos, generan una situación en la que los legisladores
quedan librados a su propio criterio y a las corrientes de presión
política, social y económica que el poder despliega.
No es ajena al desvanecimiento de esta función, la crisis
de los partidos políticos que
, como sosteníamos en nuestro informe del IDD-lat 2005,
“…. son esenciales en el reclutamiento y en la
selección de candidatos para los cargos de elección popular, en la
organización del proceso electoral, en la consecución del apoyo político
necesario para determinados programas de políticas públicas, en la
agregación de los intereses y en las preferencias ciudadanas, en la
conformación de los gobiernos, y en los acuerdos producto del trámite
legislativo. Adicionalmente, resultan indispensables para el ejercicio de
la oposición a las estructuras formales de gobierno…..
Así, los partidos están encargados de canalizar y recoger
las distintas expresiones políticas existentes en una sociedad compleja,
para llevar los intereses ciudadanos a las instancias decisorias…… Sin
embargo, buena parte de los ciudadanos latinoamericanos tiene la plena
convicción de que son una herramienta accesoria, cuando no inútil para la
vida en democracia”.
A su vez, la fragmentación se constituye en otro escollo
tanto para la gobernabilidad como para el control “La presencia de
bancadas de partidos más o menos disciplinadas al interior del órgano
legislativo contribuye en forma significativa al desarrollo de los
programas de gobierno. De igual manera facilitan el ejercicio de una
oposición crítica y coherente frente a las iniciativas gubernamentales,
fortaleciendo así el funcionamiento del sistema político democrático. Por
el contrario, la existencia de partidos fragmentados e indisciplinados
hace difíciles las relaciones entre el Congreso y el Ejecutivo, en la
medida en que el legislativo en su conjunto es incapaz de emprender
acciones colectivas que equilibren los poderes del presidente. La
fragmentación puede incluso provocar que se llegue a situaciones de
parálisis institucional e inmovilismo político o a que el presidente tenga
que recurrir a negociaciones individuales y poco transparentes para sacar
adelante programas de gobierno.”, decíamos en aquel mismo informe
advirtiendo sobre la necesidad de recuperar la fortaleza de los partidos
como medio para ayudar a la recuperación institucional de la democracia.
.4 ¿Una
nueva función: última reserva de institucionalidad?
Pero no todo es negativo en este balance, ya que en el
marco de la ruptura institucional que varios países sufrieron en años
recientes, los parlamentos han jugado un rol importante. La concentración
presidencialista es sucedida a veces por procesos de vacío institucional
que solo pueden ser cubiertos por un rescate de la institución
parlamentaria que resurge entonces como elemento fundamental de la
reconstrucción institucional, al punto que este fenómeno empieza a ser
considerado positivamente en ámbitos académicos. Como señala Bosoer[3],
en el período comprendido entre inicios de 1999 y fines de 2001, un grupo
de países sudamericanos vivieron procesos traumáticos de recambio
gubernamental, colapsos momentáneos de su aparato estatal y una alta
inestabilidad social que encontraron resolución dentro del sistema
democrático. Son los casos de dos países integrantes de la Comunidad
Andina de Naciones -Perú y Ecuador- y de dos países miembros del Mercosur
–Argentina y Paraguay-.
En los
cuatro casos, señala Bosoer se dieron similares patrones de salida
institucional a la crisis de la sucesión presidencial: gobiernos surgidos
del acuerdo parlamentario completaron los períodos interrumpidos por la
salida intempestiva de estos mandatarios. En Ecuador, asume el
vicepresidente Gustavo Noboa y completa el período hasta las elecciones
que proclaman al coronel Lucio Gutiérrez, en noviembre 2002. En Perú,
Argentina y Paraguay asumen gobiernos presididos por una figura
parlamentaria, Valentín Paniagua, Eduardo Duhalde y Luis González Macchi,
que completan mandatos interrumpidos de manera traumática, y garantizan
elecciones presidenciales limpias de las que surgen las presidencias de
Alejandro Toledo (julio 2001), Néstor Kirchner (mayo 2003) y Napoleón
Duarte Frutos (agosto 2003) respectivamente.
Las
fórmulas de reemplazo que sobrevienen al derrumbe se definen como una
forma híbrida de sistema presidencial con base parlamentaria y componentes
variables de parlamentarismo en el funcionamiento del
sistema político, con una búsqueda de nuevos equilibrios en el aspecto
económico-social.
Bosoer rescata las “capacidades de autotransformación” de
los regímenes democráticos, incluyendo tanto su “piso”, esto es, el
resguardo de sus condiciones mínimas de existencia, como su “techo”, esto
es, el mejoramiento de su calidad institucional, la expansión de la
ciudadanía y el fortalecimiento de la noción de desarrollo democrático.
Sin embargo, pese a la fundamental importancia de este
resurgir parlamentario ante el vacío generado en la caída de los
presidentes, en la instauración de un régimen de transición y en el
dictado de leyes de excepción que ayudan a resolver la emergencia, no
puede obviarse la responsabilidad de la institución en el proceso previo a
la crisis y en el tácito consentimiento al proceso de desencanto
institucional y político que precedió al estallido en cada uno de los
países mencionados.
En definitiva, por importante que resultare en adelante
este rol de última reserva de la institucionalidad en
tiempos de crisis, ni el sistema democrático ni el Poder Legislativo han
sido concebidos y diseñados para la resolución de esas situaciones de
emergencia, sino para viabilizar la negociación y los acuerdos necesarios
para evitarlas, y para establecer un camino de normalidad y tranquilidad
hacia el desarrollo democrático, y es allí donde está la raíz del problema
que denunciamos. La responsabilidad de los
actores fundamentales del sistema democrático es sostener la normalidad de
las instituciones y no debiéramos felicitarlos por recuperarlas
penosamente, en umbrales inferiores de ciudadanía y desarrollo democrático
y mediante mecanismos de excepción que vulneran el espíritu de las leyes y
facilitan peligrosamente la concentración de atribuciones en pocas manos.
Resultados del “desvanecimiento” del Parlamento
Si bien no es causa única y excluyente de los problemas de
gobernabilidad ni de la baja calidad institucional de las democracias en
la región, el progresivo desvanecimiento de los Parlamentos, que resulta
de sociedades altamente fragmentadas y de partidos políticos debilitados,
genera profundas deficiencias en el funcionamiento interpoderes,
promoviendo la confrontación política y facilitando la personalización del
poder.
En un contexto de aparente fortaleza del Ejecutivo, la
ausencia de controles y contrapesos se convierte inevitablemente en la
razón de su propia vulnerabilidad. Sumado al creciente entorno de
exclusión de ciudadanía (pérdida de derechos y libertades) para vastos
sectores de la sociedad (los opositores), que el régimen va instaurando
paulatinamente, los partidos políticos y los congresistas funcionan por
separado, mantienen sus perspectivas individuales o de grupos muy pequeños
en los procesos electorales, y progresivamente encuentran más incentivos
para apostar al fracaso del gobierno y a la inestabilidad del sistema
democrático.
En el proceso de concentración de poderes en torno a la
figura presidencial y de desvanecimiento del rol parlamentario, se
observan resultados que terminan afectando al propio proceso democrático,
a la calidad institucional y al libre ejercicio de libertades civiles y
derechos políticos:
a)
Deterioro de la calidad de la representación parlamentaria (solo acceden
quienes están de acuerdo con el poder político de turno o cuentan con la
capacidad económica para dar la batalla electoral).
b)
Desaparición de las funciones de control interpoderes.
c)
Pérdida de calidad en la generación y/o discusión de ideas alternativas a
las planteadas por el Ejecutivo.
d)
Se
profundiza la tendencia a la licuación de los partidos políticos y a su
funcionamiento como meras maquinarias electorales que funcionan en torno a
personalismos y a la capacidad económica de los actores políticos.
e)
Las
opciones de sometimiento o exclusión que se manejan desde el poder,
generan un clima de violencia en la acción política con posiciones
irreconciliables, sin diálogo, sin consensos, que también se transmite
como cultura política al conjunto de la sociedad.
f)
Se
suceden, en un círculo vicioso, períodos de alta concentración de poder
político con otros de vacío institucional que se resuelven mediante
mecanismos de excepción, y pueden fácilmente germinar en nuevos procesos
de concentración del poder.
g)
Se
acentúa la fragmentación de la sociedad política y de la sociedad civil,
enfrentando a actores sociales que se necesitan mutuamente para
planificar, coordinar y/o ejecutar políticas de largo plazo.
h)
Todo
ello se traduce en una pérdida de oportunidades para los países, tal el
caso de la presente coyuntura económica internacional, excepcionalmente
favorable para los países emergentes.
La preocupación que vastos sectores sociales, políticos y
académicos expresan sobre esta situación ha llevado a varios países a
buscar soluciones mediante reformas legales o constitucionales. Sin
embargo, las múltiples reformas de diverso signo político no parecen haber
introducido mejoras significativas. Por el contrario, quienes se aferran
al marco institucional previo y buscan optimizar su funcionamiento
mediante reglas básicas de convivencia política y social, centradas en la
discusión de políticas de largo plazo y en la generación de consensos
mínimos, logran resultados que ningún nuevo atajo institucional ha
logrado hasta el presente.
Extendiendo el pensamiento de Karl Loewenstein (1979) que
sostiene que “una constitución ideal no ha existido jamás, y jamás
existirá”, podríamos afirmar que
una
institucionalidad democrática ideal no existe ni existirá.
Por el contrario, abundan los ejemplos de países que, detrás de la
búsqueda de una supuesta perfección institucional, han construido y
consentido regímenes de supresión de libertades, restricción de derechos y
abuso de poder.
¿Nuevos instrumentos con peores resultados?
Los tres países que desde hace años lideran nuestro Índice
de Desarrollo Democrático: Chile, Uruguay y Costa Rica, son el mejor
ejemplo institucional y político de una senda de desarrollo sin
estridencias y sin pausas – que no escapa a la razonable adecuación a los
requerimientos que la realidad impone y, lógicamente, no exenta de
problemas – pero que demuestra claramente que la búsqueda de la
optimización, mediante reformas institucionales o constitucionales, no
resulta el mejor camino. Por el contrario, el acuerdo social y político,
la búsqueda de consensos en base al diseño institucional existente, la
profundización de la cultura ciudadana e institucional que está vigente,
la actitud de no engañarnos con nuevos diseños que vendrían a resolver
“mágicamente” los desacuerdos existentes en el seno de la sociedad y la
prevalencia de los personalismos en la clase dirigente, parecen indicar un
camino racional al alcance da la mano para todos los países de la región.
Como señalamos en informes anteriores, uno de los
obstáculos principales para lograr transitar ese camino racional,
reside en las expectativas insatisfechas de sociedades que, a su vez, han
sido convencidas por dirigentes irresponsables de que son merecedoras de
mayores riquezas y beneficios, que les han sido injustamente negados hasta
el presente, y que el sólo dictado de un decreto, una ley o una
constitución, podrá resolver la ausencia de una trama de acuerdos e
intereses comunes, necesarios para alcanzar el desarrollo.
A su vez el fortalecimiento hasta el absurdo del Poder
Ejecutivo nos acerca inexorablemente al abismo del sistema institucional,
ya que como sostenía el Barón de Montesquieu, “cuando se busca tanto el
modo de hacerse temer se encuentra siempre primero el de hacerse odiar”.
Pero lo paradójico es que ese proceso se va dando progresivamente y con
escasas reacciones del cuerpo social, al decir de O’Donnell (2.000) “Un
día uno se despierta y se da cuenta de que las libertades políticas
básicas de la democracia política han sido abolidas de hecho, no
necesariamente de derecho. Empiezan a pasar cosas que son casi
moleculares, el sistema legal funciona sesgadamente, los jueces miran para
un solo lado, se condona la violencia sobre gente que no merece
consideración….. Los actores políticos y los liderazgos sociales miran
para otro lado, como si fuera algo que no les atañe……y ese pequeño pero
importante espacio de libertades que define a la democracia política, en
lugar de haber sido suprimido por un alzamiento militar, se fue perdiendo
en un proceso más o menos largo. Pero las consecuencias no son menos
perversas”. Ese proceso progresivo de deterioro de la democracia se
sucede sin pausa hasta que llega el momento del declive del régimen
autoritario instaurado y –con mayor o menor grado de conflictividad- se
inicia la búsqueda de un nuevo equilibrio con la restauración de leyes,
derechos y libertades.
Volvemos a Montesquieu para recordar que la “republicana”
división de poderes es garantía de gobierno limitado y libertad personal:
porque los tres poderes encargados respectivamente de hacer las leyes, de
obligar a todos a cumplirlas, y de juzgar acerca de su aplicación, se
contienen y equilibran unos con otros, facilitando el ejercicio de
libertades, derechos y obligaciones necesarios para el desarrollo de la
democracia, generando el entorno institucional y político para el
desarrollo integral de las sociedades.
Como
un ejemplo de los efectos indeseados de los procesos de reforma encarados
en la región, ha sido muy popular entre las realizadas durante las últimas
décadas, la instauración de la segunda vuelta electoral en las elecciones
presidenciales, sin embargo, el politólogo Mark P. Jones (1994) demuestra
que los presidentes electos por una simple pluralidad, en un sistema sin
segunda vuelta, tienden a tener mayor apoyo parlamentario que los que
fueron electos en segunda vuelta. El presidente –sostiene- podrá contar
con apoyo mayoritario después de la segunda vuelta, pero no tiene garantía
de tener apoyo parlamentario efectivo para gobernar. Y por si esto fuera
poco, y para agravar aún más la situación, la mayoría presidencial
producida en una segunda vuelta es, por su naturaleza, una mayoría
ficticia, producto de un sistema político de suma cero, que crea un solo
líder y, como hemos podido constatarlo vez tras vez, esta mayoría ficticia
puede ser enormemente peligrosa y contraproducente. Los presidentes así
electos pronto se olvidan de que lo son con el apoyo real de menos de la
mitad de los ciudadanos, de que llegaron al poder gracias a votantes que
no los apoyaron en la primera vuelta, muchos de los cuales los
consideraron sencillamente el mal menor.
Arturo Valenzuela (1998) observa el sentido paradojal de
esta situación y sostiene que cuanto más se impone el mandatario, más se
desincentiva la estructuración de un respaldo eficaz entre partidos y
grupos celosos de su autonomía y sus perspectivas electorales futuras,
agravando la tensión y dando la imagen de una crisis permanente en el
sistema político. “Se podría incluso sostener que en América Latina ha
existido una correlación inversa entre el poder del presidente y el éxito
del sistema presidencial. Cuanto más fuerte ha sido el presidente, más
débil y confrontacional ha sido el régimen presidencial”.
A la luz de los resultados de la historia democrática
reciente en la región, entonces, las sociedades latinoamericanas deberán
cuestionarse si no ha llegado la hora de volver a los fundamentos de la
democracia, a la definición de esquemas institucionales simples, a la
revalorización del rol del Parlamento y la Justicia, a eliminar visiones
excluyentes y autoritarias del camino hacia el desarrollo democrático,
instrumentando procesos perdurables de concertación.
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