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Tecnopopulismo o desarrollo democrático
"Todos los pueblos del mundo que han lidiado por la libertad han exterminado al
fin a sus tiranos.",
Simón Bolivar
"¿Cómo esperan que funcione un sistema de partido único en un país con más de
246 diferentes clases de queso?"
Charles de Gaulle
3.1 Tecnopopulismo o desarrollo democrático, esa es la cuestión en América
Latina
Cada año, en la edición del IDD-Lat nos planteamos tratar en profundidad algún
tema de los que, a nuestro criterio, dominan la agenda democrática regional. Sin
embargo, somos conscientes que nuestro informe está orientado, inevitablemente,
a los sectores de elite del pensamiento, de la política y de la comunicación
social latinoamericana, ya que resulta imposible -con un trabajo de esta
naturaleza- acceder al gran público, a ese conjunto social heterogéneo que, por
acción o inacción, termina modelando la realidad democrática de cada uno de los
países.
El tema que presentamos en esta edición del IDD-Lat es la evidente tensión que
aparece entre “populismo” y “desarrollo democrático”, y con la intención de
“provocar” desde el espacio de las ideas, sostenemos que en realidad existe una
fuerte contradicción entre populismo y desarrollo democrático. Con esto, es
nuestro interés contribuir al análisis y la acción de las mencionadas elites
(formadas por quienes mejores condiciones tienen para pensar y actuar), que
pueden convertir estas ideas en energía transformadora de la vida democrática
regional, empapada hoy de lo que denominamos videopopulismos.
Consideramos que además de observar, analizar y descubrir, hay que comunicar
contundentemente el conocimiento elaborado; con esta pretensión nos permitimos
analizar la contradicción entre populismo y desarrollo democrático; esperando
también alertar sobre los riesgos que la nueva ola populista en marcha,
representa para las sociedades de la región. Decimos esto con el mismo propósito
que Sartori (1997) expresara en el prefacio de la segunda edición italiana de su
Homo Videns: “tal vez exagero un poco, pero es porque la mía quiere ser una
profecía que se autodestruye, lo suficientemente pesimista como para asustar e
inducir a la cautela”. Este autor y esta obra -premonitoriamente para la
realidad latinoamericana- abrieron un camino de “provocación” y “pensamiento
para la acción” que nosotros transitamos y auspiciamos transiten los actores
relevantes del sistema democrático.
Una de las claras dificultades de las sociedades latinoamericanas -aunque las
generalizaciones conlleven inevitablemente una alta cuota de injusticia- reside
en la actitud de los actores relevantes del sistema democrático, que han operado
siempre en los procesos de cambio de régimen (de democracia a dictadura y
viceversa) guiados más por sus propias conveniencias e intereses, que por una
profunda convicción respecto de las bondades de la democracia como el sistema
más eficiente de mediación y concertación de intereses sociales, políticos y
económicos. Es por ello que consideramos que son estos actores quienes tienen la
responsabilidad primaria de pensar, analizar y conducir aquellos procesos
políticos que consideren a la democracia como instrumento de desarrollo de los
pueblos y no la de sostener –como sucede frecuentemente- procesos que sólo
tienden a minarla o debilitarla.
Sartori (1997) basa su análisis en el impacto de la televisión en la sociedad
contemporánea y sus efectos sobre la política, planteando un escenario
apocalíptico en términos democráticos. Pareciera que muchos líderes
latinoamericanos han visto, en ese escenario una verdadera oportunidad para el
desarrollo de lo que podríamos denominar tecnopopulismo, o sea la
utilización intensiva de tecnologías de la comunicación para el desarrollo de
los procesos populistas.
El concepto tecnopopulismo ha sido utilizado por Arthur Lipow y Patrick Seyd
(1995) para definir que la próxima etapa de la democracia, desde el sistema de
partidos, derivará en lo que llaman el tecnopopulismo, al que definen
como el reemplazo de los mecanismos actuales de participación política e
inclusive físicos de la democracia formal (como la boleta electoral, la urna, el
Parlamento etc.), por otros de carácter directo sustentados en la tecnología,
fundamentalmente los medios electrónicos, y centrados en un líder (carismático o
no) con un pueblo que acompaña… pero a la distancia.
Esos autores, al igual que Hagen (1997) y Bellamy & Taylor (1998) y otros
académicos, postulan el fin de los partidos como son conocidos hasta hoy, y
suponen que las nuevas formas de organización política desembocarán
inevitablemente en la teledemocracia, utilizando desde las encuestas de opinión
hasta la iniciativa ciudadana y el referéndum, como sustituto o complemento de
los parlamentos y las organizaciones de masas.
Numerosos países de América Latina, ante la opción de consolidar sus
instituciones democráticas, sus organizaciones y su calidad ciudadana han
elegido, en cambio, el camino más fácil -pero no necesariamente adecuado- de
generar fuertes liderazgos políticos. Los líderes, a su vez, lejos de elegir
caminos democráticos de fortalecimiento institucional, escogen métodos de
construcción política muy relacionados con lo que los académicos visualizan como
tecnopopulismo, mediante el contacto directo con las masas y la
utilización de los medios (la tecnología), lo que si bien no es novedoso en la
política, si lo es en cuanto a la intensidad de su utilización y a la despareja
competencia en el acceso a esos medios entre el Estado y los otros actores de la
sociedad.
Como sostiene el Instituto Internacional de Gobernabilidad de Cataluña (2006),
“hay
populistas de derecha -Uribe- y de izquierdas -Evo, Castro o López Obrador-; hay
populistas que han declarado no ser de derechas ni de izquierdas -Ollanta Humala-
y los hay que se sienten incómodos con estas clasificaciones traídas de la
Revolución francesa -Chávez-; hay presidentes que unas veces son clasificados
como populistas y otras como de izquierda reformista -Kirchner-”.
Lo que tienen en común todos estos líderes políticos es la utilización más o
menos intensiva –según el caso- de las herramientas del tecnopopulismo.
Lo paradójico y llamativo es que buena parte del discurso de este nuevo
liderazgo está basado en el viejo discurso de las dictaduras militares, que
minimiza el valor de la democracia y sus instituciones, procura instalar un
clamor que la declara obsoleta, estimula la convicción de que política es una
empresa sucia y fuera de uso, y promueve una falsa fragmentación de las
sociedades imponiendo una agenda de “conflicto permanente” que obliga a una toma
de posiciones violenta que evita los acuerdos políticos y sociales. Todo
envuelto en el envase de una nueva democracia, cuyas características
nadie conoce, pero que se presenta como el motor de una etapa superadora.
El tecnopopulismo se basa en una supuesta nueva democracia sin política,
que en realidad va en busca de la política del unicato, sin oposición y sin
instituciones, y se basa en la manipulación del sistema democrático para
destruir su esencia, mediante el uso intensivo de la tecnología y los medios de
comunicación social. Este tecnopopulismo es lo que creemos se contrapone al
ideario del desarrollo democrático, porque ese modelo de nueva democracia sin
política, constituye la antítesis del ideario de la democracia y del
desarrollo de los pueblos.
Seguramente
por aquello que sostenía
Albert Camus de que la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de
los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas, el tecnopopulismo
erige su polo de poder con el inestimable concurso de buena parte de la
dirigencia política, que evidencia su falta de formación, creatividad, nobleza y
moralidad. Esa dirigencia política que como dijimos en ediciones anteriores,
reitera hasta el hartazgo comportamientos ajenos a la transparencia, la libertad
y el compromiso social que requiere el buen ejercicio democrático.
El tecnopopulismo requiere de una dirigencia más proclive al marketing político
que a la búsqueda de soluciones, que queda prisionera de esa nueva subcultura
del periodismo especializado que convierte toda información relevante en un
hecho escandaloso, que colabora directa o indirectamente con la anomia
generalizada.
El tecnopopulismo somete al aparato estatal, a los dirigentes político-sociales
y a las redes de clientelismo político para ponerlos al servicio del régimen,
estableciendo nuevos y rígidos patrones que regularán el comportamiento social y
estableciendo una relación de dominación con los actores del sistema democrático
que torna incompatible su funcionamiento con los principios que deben regular
los derechos políticos y las libertades civiles. El régimen establece, de esta
forma, dos relaciones básicas con los sectores sociales: a) la confrontación sin
límites con aquellos que se oponen a su funcionamiento o entorpecen el
cumplimiento de sus objetivos; y b) una relación de cooperación-sometimiento con
los sectores sociales que adhieren o toleran al régimen mediante dos
instrumentos clásicos de la caracterización política weberiana: el
clientelismo para los sectores sociales marginales, que reciben a cambio de
su apoyo incondicional las dádivas del régimen, y el prebendalismo para
los socios del régimen, que son quienes apoyan o cooperan con el proyecto
político dominante, generalmente desde sectores sociales medios y altos, a
cambio de la asignación de los favores del poder.
Por otra parte, el adormecimiento cívico, que es particularmente grave en los
sectores medios de la sociedad, facilita la desagregación, la atomización y el
aislamiento del ciudadano, que vuelve a un estado primitivo antipolítico y
antisocial y que solo puede ser convocado y conducido por el poder que se
detenta sin pudor desde los medios que el estado provee. Esa fragmentación
contradice y avasalla la idea comunitaria y solo busca la expresión
individualista y personal en desmedro de todo espacio social, comunitario y
democrático.
3.2 La libertad de pensar
Lo que Giovanni Sartori asociaba en los ‘90s al video y a su impacto en la
política, lo adjudicamos aquí más genéricamente a las tecnologías de
comunicación, de las que, por supuesto, la imagen y el video forman parte
esencial. Sartori (1997) sostiene que el video nos ciega en lo conceptual y por
ello nos atrofia, y no duda a la hora de señalar los centros responsables de
esta ceguera teledirigida: padres, educadores, universidad, periodistas, medios
de comunicación, formadores de periodistas y empresas de comunicación,
principalmente. Nosotros recuperamos el pensamiento de Sartori para analizar el
enorme impacto social de la aplicación intensiva del bombardeo mediático sobre
el ser humano, que ha actuado preparando el terreno para la irrupción de los
procesos políticos que hoy nos preocupan.
Concha Mateos Martín (2002) analiza ese daño rescatando el concepto de homo
videns de Sartori al decir “el hombre que maneja conceptos es capaz de pensar
y el hombre que es capaz de pensar, es capaz de gestionar la realidad
sociopolítica. Por eso, su alarma es tan sonora: el hombre que se alimenta de
telever (el Homo videns) deja de pensar bien. Sólo tenemos que conectar los
enunciados de las dos últimas frases y salta sola la chispa que alumbra el
empobrecimiento”.
Sartori (1997) advierte que la racionalidad del homo sapiens está
retrocediendo, y la política emotivizada, provocada por la imagen, solivianta y
agrava los problemas sin proporcionar absolutamente ninguna solución, y divide
la información que se está ofreciendo por la televisión en dos tipos
fundamentales: la subinformación, es decir, una información insuficiente,
que provoca reduccionismos muy peligrosos y no sirve para conformar una opinión
de peso; y la desinformación, una distorsión y manipulación de la
información ni siquiera necesariamente consciente, fruto de las imposiciones del
propio medio y de su afán de buscar siempre lo novedoso y excitante.
El resultado, asegura, es una aldeanización de la televisión. Se crea, de este
modo, una "multitud solitaria", una "soledad electrónica", dirigida por los que
tienen el poder televisivo. Se anula el valor del medio como instrumento
democrático. La sociedad deriva entonces hacia una era de "post-pensamiento", de
pérdida de la capacidad de pensar. Para Sartori es una situación comparable a la
Baja Edad Media, de la que, vaticina, será muy costoso retornar.
En el marco, de esta sociedad del homo videns, los políticos centrados en
un programa desaparecen, dando paso a la nueva videopolítica. Ésta se va
haciendo más y más dependiente de los sondeos y de la opinión pública y por
tanto, menos independiente para tomar decisiones, siempre temerosa de perder
apoyo popular. Los partidos políticos pierden entonces su poder como reserva
ideológica, y el líder carismático y mediático vuelve al primer plano de esta
sondeocracia.
El poder de la comunicación se convierte entonces en el centro de todos los
procesos de la política contemporánea por su capacidad de orientar la opinión.
La televisión condiciona el proceso electoral, tanto en la elección de los
candidatos, como en el modo en que transcurre el proceso electoral, y en las
posibilidades de participar de cualquier tipo de contienda política. Los
procesos electorales se convierten en un duelo de imágenes, de sonrisas
forzadas, de candidatos a quienes preocupa más parecer buenos políticos que
serlo.
Para Sartori la videopolítica, en una falaz interpretación de la realidad, daña
la credibilidad de la democracia. Lo hace en muchos casos con la complicidad de
los medios, el gobierno de los sondeos y los referendos y la demagogia del
directismo, que atribuyen los problemas a los políticos y la solución a la
gente.
El concepto de organización social que presupone el funcionamiento de la
democracia requiere un adecuado nivel de complejidad institucional, que
se construye con la participación de los ciudadanos para que la sociedad sea la
propia garante de los límites en el ejercicio del poder del Estado. De allí que
la libertad de pensar y un nivel de conciencia mínimo de los actos de cada
ciudadano, la responsabilidad y reflexión respecto del propio interés y
situación, son requisitos del funcionamiento de una sociedad democrática. La
educación y la cultura son los vehículos acumulativos para el desarrollo de este
poder de la ciudadanía. Es por eso que Sartori (1988) sostiene que la libertad
política constituye el basamento para que se articulen las otras libertades.
3.3 Populismo y Neopopulismo
Si bien no es nuestra intención desarrollar aquí un tratado académico acerca del
fenómeno populista, es necesario precisar a qué nos referimos cuando
caracterizamos de esta forma a los modelos políticos imperantes en algunos de
los países de la región, e intentar una aproximación a las causas principales de
esta vigorosa reaparición en la actualidad regional.
Las múltiples facetas del populismo facilitaron un uso amplio del término ya que
ahora se usa para describir fenómenos esencialmente disímiles como ideologías,
movimientos y partidos políticos, fases de desarrollo económico, políticas
económicas, líderes, coaliciones, gobiernos y regímenes políticos. Este
“estiramiento” del concepto vino inevitablemente de la mano de una pérdida en su
poder explicativo: al pretender explicar todo, el populismo terminaba explicando
nada.
Como refiere Lodola (2004), hacia finales de la década de 1980 y comienzos de
1990, un punto de vista ampliamente compartido por la comunidad de cientistas
políticos proclamaba la muerte y entierro definitivo del ciclo populista
latinoamericano ( Adelman, 1994; Drake, 1982, 1991; Kaufman - Stallings, 1991;
Wirth, 1982). Sin embargo, pocos años después, la realidad demostraba que el
réquiem del populismo había sido prematuro y que su agonía resultaba ser mucho
más larga de lo que inicialmente se esperaba.
Estos y otros autores consideraban durante los 90’s, que ya no era factible
definir como populismos a los procesos políticos caracterizados por un fuerte
liderazgo personalista, porque simplemente había desaparecido la posibilidad de
construir entidades políticas relativamente homogéneas y contrapuestas (pueblo y
oligarquía) que facilitaran la acción de un líder que pudiera establecer su
poder político en base a una contradicción esencial de intereses entre los
sectores en pugna.
La fragmentación y sectorialización de las sociedades hacían presumir que
resultaba imposible hablar de un “sujeto social relevante” manipulable por los
recursos del Estado y el magnetismo de un líder. Sin embargo, la empeñosa
realidad latinoamericana logró rápidamente superar aquellas disquisiciones
académicas mediante la irrupción en el escenario regional de diversos regímenes
emparentados profundamente con el populismo que ya se había conocido en la
región.
Como también señala Lodola (2004), un importante número de académicos había
reformulado en los últimos diez años el concepto de populismo enfatizando su
carácter intrínsecamente político y propuso divorciarlo de cualquier tipo
particular de política económica o estadio en el modelo de desarrollo. El
neopopulismo había emergido en América Latina. En clara oposición a la visión
convencional, esta reinterpretación del fenómeno populista sostiene que el
populismo político y el neoliberalismo económico ya no eran fenómenos
antitéticos.
En los 90’s el populismo no está determinado por una combinación de fuerzas
exógenas (estructurales y culturales), sino que es una forma de movilización y
organización política suficientemente maleable como para adaptarse a las
cambiantes oportunidades y restricciones del contexto que enfrenta. Esto no
significa, por supuesto, que el populismo no tenga raíces estructurales y
culturales. La marginalidad, las herencias históricas, los símbolos y la
retórica, por citar sólo algunos factores, juegan un rol importante en las
percepciones individuales y en la relación entre el líder y los liderados.
Aunque importantes, estos factores no son una condición necesaria ni suficiente
del aparentemente recurrente patrón populista en América Latina.
La teoría neopopulista propone divorciar el concepto de populismo de toda
connotación no política. En consecuencia, lo que esta lectura entiende por
populismo no se relaciona con una etapa histórica, política económica, o
ideología particular. Populismo denota, en cambio, un estilo o estrategia
política (Knight, 1998; Weyland, 1996).
Este “estilo estratégico” implica un contacto directo, cercano e incluso
personalizado entre el líder y un heterogéneo mundo de seguidores
(fundamentalmente, los excluidos de los beneficios materiales del modelo de
desarrollo económico vigente) dispuestos a ser movilizados. Específicamente, el
populismo entendido como un estilo estratégico o como una forma de hacer
política, posee los siguientes cinco atributos definitorios (Roberts, 1995):
1. un patrón de liderazgo político personalizado y paternalista (no
necesariamente carismático);
2. una coalición de apoyo multiclasista basada en los sectores populares, sean
éstos urbanos (sindicalizados o informales) o rurales;
3. una forma de movilización política vertical (es decir, de “arriba - abajo”)
que sortea o subordina mecanismos convencionales de mediación política ;
4. una ideología ecléctica y anti-establishment;
5. un uso sistemático y expandido de métodos redistributivos y clientelares como
instrumento político para generar apoyo entre los sectores populares.
Es importante considerar también, que a la legitimidad social que las
comunidades otorgan a los procesos populistas, se añade la visión académica de
quienes, basados en los errores, las imperfecciones y mayoritariamente en la
corrupción imperante en los sistemas políticos, llegan a justificar la
existencia de los populismos en América Latina, ante la impotencia demostrada
por la democracia republicana.
Por ejemplo, el cientista político Ernesto Laclau (2005), considera al populismo
como una garantía para la democracia, desde la lógica social, y lo define como
“un modo de construir lo político mediante la articulación de demandas
dispersas. Mediante su identificación con el líder, las masas buscan lanzarse a
la arena histórica, evitando dejar al sistema político en manos de élites que
reemplazan la voluntad popular.” “Lejos de constituir un obstáculo para la
democracia, el populismo la garantiza en tanto evita que se reduzca a un plano
meramente tecnocrático o administrativo. En definitiva, la tensión entre la
protesta social y su integración en las instituciones es exactamente lo que
llamamos democracia”; el populismo es, simplemente, un modo de construir lo
político, concluye Laclau.
Otra mirada positiva hacia el populismo, es la sostenida por Larry Gambone
(2003), quien advierte –sin embargo- sobre aquellos que en nombre del populismo
buscan la concentración del poder en manos del estado y del líder, ya que “el
movimiento populista enfatiza la descentralización en favor de la democracia
directa, aunque la intensidad del énfasis puede variar. Un populismo que solo
ataque a las grandes corporaciones y sin embargo no se meta con el Estado sería
un populismo a medio hacer, mas cercano a la social-democracia. El núcleo del
populismo es una actitud critica hacia el Estado, que viene perfectamente
expresado en el viejo slogan revivido por la Nueva Izquierda de los años
sesenta: "Power to the People!". Un elemento central en la ideología del
populismo es la insistencia en que existe un trama de concentración de poder
político y económico...y el objetivo sería una amplia distribución hacia abajo
de ese poder, hacia el "pueblo". Esta es una mirada “casi romántica” si lo
que se analiza son de las relaciones de poder y la organización institucional de
América Latina.
Nosotros consideramos que de ninguna manera debe soslayarse cuáles son los
mecanismos rectores del funcionamiento social, político y económico. Más allá de
toda teorización, la historia demuestra que las sociedades han crecido y han
acumulado capacidad de enfrentar y sortear obstáculos, funcionado siempre sobre
la base de instituciones; vistas éstas como estructuras y mecanismos de
cooperación que organizan el comportamiento social y producen un “aprendizaje
histórico” que se va convirtiendo en un capital social acumulable. Si, por el
contrario, falla la institucionalidad, los sistemas no resisten, las sociedades
se hacen más vulnerables, las crisis se hacen recurrentes e inevitablemente
sobrevienen problemas de legitimidad y finalmente el caos social, que tantas
veces ha pincelado la geografía latinoamericana.
3.4 Las causas de la emergencia del populismo y del tecnopopulismo en América
Latina
La reaparición variada y múltiple de los procesos populistas en nuestra región
en los últimos años no es, sin embargo, un proceso aislado de lo que sucede en
el resto del mundo. Sin embargo, la violencia desorganizada y extendida, el
desgaste institucional, la apatía y atomización ciudadanas y la tendencia de
nuestras sociedades a profundizar la desigualdad antes que a revertirlas, son
condimentos particulares de la realidad regional.
Coincidimos con la interesante enumeración de causas para la irrupción del
neopopulismo que sintetiza Martin Traine (2004), Coordinador del Centro de
Estudios sobre España, Portugal y América Latina de la Universidad de Colonia,
Alemania:
i)
La mundialización.
El neopopulismo es espejo de la globalización. Frente al vaciamiento político
del Estado, es una iniciativa que intenta recomponer un sentido de unidad
política. Como impulso y como protección. La cuota de perversión que implica el
gesto neopopulista es tan normal como su reflejo defensivo.
ii)
La caída de las ideologías.
Los neopopulismos se presentan como intentos, con diverso grado de astucia, por
recomponer lenguajes entre dirigentes y dirigidos. La inexistencia de ejes de
confrontación (izquierda-derecha o liberal-conservador) hace del discurso
neopopulista un malabarismo maravilloso: política antipolítica, comunidad
anticolectiva, paternalismo sin hijos. Todo es lucha contra la corrupción y por
la seguridad individual en nombre de todos y para todos.
iii)
El narcisismo experto.
Esta exaltación del individuo –seguramente exagerada en las investigaciones
sobre postmaterialismo–, junto a ese desprecio por la política, han traído a los
nuevos think tanks. Es probable que la instrumentalización del saber no haya
sido nunca muy distinta en la historia; la función de los intelectuales dentro
del sistema político actual se asemeja cada vez más a la condena de Narciso.
A ellas se suman, en nuestro criterio con igual relevancia:
iv)
Los procesos de reforma económica.
En buena parte de los países de la región durante las dos últimas décadas se
desarrollaron, con diferentes velocidades y características, procesos de reforma
económica, que tuvieron importantes consecuencias políticas y sociales. Se
intentó reemplazar un Estado asistencialista -que había articulado intereses
corporativamente- por un Estado que se desvinculó masivamente de su rol de
mediador y perdió su carácter asistencialista, librando a los individuos y a los
grupos sociales a la suerte del mercado, a una masiva precariedad laboral y a
una profundización de las tendencias individualistas y fragmentarias existentes
en la cultura regional.
v)
Un imaginario social de insatisfacción.
La mayoría de las sociedades latinoamericanas vive bajo el agobio de un
imaginario social de insatisfacción, originado en una lectura de su historia
propia que tiene como centro la victimización de las mayorías, que se sienten
así sometidas a un designio superior de injusticia tanto en su presente como en
la visión que guardan del pasado. De allí que buena parte de los sectores
sociales viven en estado de “espera de la redención”, que es el terreno
más fértil para la aparición de un mesías salvador.
vi)
Atomización social.
La desagregación, la atomización y el aislamiento del ciudadano, que vuelve a un
estado primitivo antipolítico y antisocial y que solo puede ser convocado y
conducido por el poder que se detenta sin pudor desde los medios que el Estado
provee.
vii)
El desencanto con el poder político.
Esa perniciosa doble vía de apatía ciudadana y un sistema político autista
–centrado en sus propios intereses- y distante del ciudadano y de la sociedad y
de sus problemas concretos.
viii)
La crónica debilidad institucional.
La acumulación de problemas sociales, políticos y económicos sin resolver y el
permanente avasallamiento institucional de quienes detentan el poder, quita
legitimidad a las instituciones y las deja indefensas al avance destructor de
los procesos populistas. Como destaca Roberts (1995), el populismo “es una
tendencia perpetua en los países en donde las instituciones políticas son
crónicamente débiles, pero además tiene mayores posibilidades de concretarse
cuando hay crisis o transformaciones sociales”
ix)
El impacto de las nuevas tecnologías.
Que facilitan el sometimiento del aparato estatal, de los dirigentes
político-sociales y de las redes de clientelismo político mediante la imposición
de una “agenda única” impuesta desde el poder del Estado, con un régimen de
“premios y castigos” administrado despóticamente por quien ejerce el
liderazgo. Este uso y abuso de este “tecnopoder” culmina en la eliminación de la
oposición política y en el avasallamiento institucional.
3.5 Populismo e Instituciones
Centrando nuestra mirada en la promoción del desarrollo democrático regional,
optamos por tomar un camino práctico a la hora de definir el populismo que vive
hoy América Latina. Definimos a los procesos populistas como aquellos que,
basados en un fuerte liderazgo personalista, irrumpen para avasallar y/o
vulnerar las capacidades democráticas arraigadas en las instituciones y en los
ciudadanos, anteponiendo un supuesto interés superior (generalmente loable y
atendible).
Decíamos hace algunos años, en nuestro primer informe de desarrollo democrático
regional, rescatando los valores y la capacidad propia de desarrollo regional
que “la gran cuestión no es la de importar nuevas instituciones, sino la de
hacer evolucionar las propias hacia sistemas institucionales renovados que
incentiven la eficiencia política y económica y la equidad social, conforme a
parámetros valorativos nacionales propios”. Muchos países avanzan por ese
camino, no exento de tropiezos, pero es indudable que, en términos generales,
los sistemas políticos no han sido eficaces en su cometido y allí posiblemente
radique la causa principal de la reaparición del fenómeno populista.
Pero más allá de las falencias y omisiones de los sistemas políticos nacionales,
es importante destacar en este punto que nada hay más importante para un líder
populista que arrasar con las capacidades institucionales instaladas, porque
ellas –inevitablemente- constituyen el mayor obstáculo para el desarrollo del
proceso político populista.
Un informe de IDEA (2005) expresa muy elocuentemente a los populismos
latinoamericanos: “Una característica saliente de los populismos es su
ambigua relación con la democracia representativa y la naturaleza fuertemente
personal y discrecional del liderazgo populista. Los populistas nunca han
considerado que el pueblo se exprese ni exclusiva ni principalmente a través de
las elecciones ni que el poder popular se ejerza tan sólo a través de las
instituciones. Los populistas manejan una ambigüedad muy consciente sobre la
democracia representativa. No se trata de completarla con la democracia
participativa, lo que sería una demanda de la izquierda reformista. Los
populistas se reservan el derecho a invocar al pueblo como titular último de la
soberanía nacional cada vez que las instituciones de la democracia formal
amenacen con desviarse de la "verdadera" voluntad popular. Si las cosas van bien
para el gobierno populista, éste mantendrá a los movimientos sociales
alimentados clientelarmente y sólo movilizados para los actos simbólicos. Cuando
las cosas vayan mal, el pueblo volverá a las calles, plazas y caminos para
enderezar las desviaciones de las instituciones políticas capturadas
circunstancialmente por los enemigos del pueblo o en riesgo de serlo”.
Como sostiene Jean Leca (1995): el esquema ideológico del populismo se asienta
sobre dos principios: 1) La voluntad del pueblo identificada con la justicia y
la moral prevalece sobre la norma institucional establecida por los hombres, y
2) los gobernantes sólo son buenos si se encuentran directamente vinculados al
pueblo.
De allí que la figura del líder luzca central para el análisis del populismo.
Una de las tareas iniciales de todo líder populista será la de avasallar las
fronteras que delimitan el accionar institucional, dejando en claro que nada
puede ni debe interponerse en el cumplimiento de los altos objetivos del
líder. Ese paso resulta fundamental en la construcción del liderazgo ya que deja
en claro a los seguidores del líder, y a sus opositores, que nada se interpondrá
en el camino del proyecto político en curso, reafirmando la confianza de
aquellos y minando las fuerzas de quienes no estén dispuestos a sumarse a las
columnas de sus seguidores.
Buena parte de los procesos de estas características se montan, a su vez, en el
odio al antiguo régimen, que aparecerá como el responsable de la ausencia de
riqueza o de su mala distribución, convenciendo a las mayorías que un sector,
interno o externo, se ha robado la parte de la riqueza nacional que les
corresponde.
Sobre el perfil del líder populista puede leerse en el trabajo de IDEA (2005),
que el líder populista “tenderá a no crear instituciones asignadoras de poder
y solucionadoras de conflictos entre actores para no hacerse prescindible. El
populista es todo lo contrario al Príncipe de Maquiavelo que le aconsejaba
hacerse prescindible creando instituciones. No tiene nada de la grandeza de
Napoleón quien afirmaba: "los hombres no pueden fijar la historia, sólo las
instituciones pueden hacerlo", y se dedicó a crearlas y duran hasta hoy. Los
líderes populistas latinoamericanos sólo anduvieron estos caminos de manera muy
incompleta e imperfecta.
Sin embargo, la percepción propia como totalidad social, que excluye cualquier
visión alternativa, condena inexorablemente al populismo a ir perdiendo en el
tiempo su forma e identidad, también por aquello que sostenía la escritora
Charlotte Morrow “…si un partido político se atribuye el mérito de la
lluvia, no debe extrañarse que sus adversarios le hagan culpable de la sequía”.
La necesidad de captar adherentes a cualquier precio va convirtiendo su
inclusión indiferenciada en exclusión selectiva, hasta que en un momento los
miembros del lado propio empiezan a perder su identidad y fuerza, en
tanto que los del otro lado fortalecen inicialmente su identidad y
posteriormente su cantidad, hasta llegar a disputar el poder político al hasta
entonces hegemónico movimiento populista.
No es casual, entonces, que la historia latinoamericana de las últimas décadas
exponga crudamente una realidad en la que todo populismo tiene su final y todo
líder su ocaso, que resultarán más o menos turbulentos en función de los
resentimientos y los daños políticos y económicos que hubieran generado en su
proceso de desarrollo. Se inicia entonces para sociedades anestesiadas en el
sopor de la agenda única tecnopopulista y el acostumbramiento al poder de un
liderazgo exclusivo y excluyente, la enorme tarea de iniciar el proceso de
reconstrucción institucional y de recuperación del proceso de desarrollo
democrático.
3.6 Legitimidad, Eficacia y Eficiencia
Muchos de los procesos populistas en Latinoamérica están sostenidos por las
buenas condiciones económicas imperantes en los mercados globales para los
productos característicos de las economías latinoamericanas, que en algunos
casos han triplicado su precio internacional (soja y petróleo fundamentalmente,
pero también ha habido subas sustanciales en cobre, oro, plata, café, banano,
etc.), en base a la creciente irrupción de China y la India en los mercados
mundiales. Estas situaciones de la coyuntura del comercio internacional permiten
a los gobiernos exhibir indicadores de la marcha de la economía que se
consideran ejemplos de la eficacia y la buena administración
Pero los excedentes económicos generados por estas oportunidades excepcionales
han sido apropiados, bajo diversas formas, por los Estados nacionales y sus
gobiernos, quienes generalmente no hacen un uso eficiente ni eficaz de la
asignación y distribución de esos recursos, tal como queda demostrado en los
niveles inexistentes de reinversión que son necesarios para multiplicar esas
capacidades productivas nacionales.
Por otra parte, varios de los países más pobres no se están beneficiando de la
vigorosa demanda por sus productos básicos de exportación, ya sea porque su
estructura comercial está fuertemente predispuesta hacia la exportación de
materias primas con menor demanda o porque parte de las ganancias de precios de
exportación más altos está siendo absorbida por las importaciones de petróleo y
por el envío de beneficios a los países desarrollados. Por eso, uno de los más
importantes desafíos es el de asegurar una distribución justa de los ingresos
provenientes de la producción primaria y su uso adecuado en la financiación del
desarrollo.
El problema para los países más beneficiados por la actual coyuntura
internacional es que, durante esta “bonanza económica” se irán acumulando
compromisos y gastos para la burocracia estatal que quedarán como una pesada e
inexorable herencia para quienes deban luego reordenar las instituciones, los
presupuestos y las interrelaciones sociales.
Las sociedades latinoamericanas enfrentan entonces, una situación compleja y
dilemática entre: a) quienes sostienen que la autoridad política y la
legitimidad institucional solo pueden funcionar bajo el paradigma populista de
altos fines, líderes autoritarios, avasallamiento institucional y mecanismos
clientelares; b) los que pretenden que democracias débiles e ineficaces
sean sostenidas por los ciudadanos, aunque las instituciones den una respuesta
escasa y en algunos casos nula a las necesidades de la población; y c)
quienes deciden el camino nada fácil de la construcción piedra sobre piedra de
una mayor solidez institucional, en base a una profundización de los derechos
políticos y las libertades civiles, al incremento de la calidad institucional y
la eficiencia política y a la potenciación del Estado para el logro de mayor
bienestar y mejor eficiencia económica, como base para una mejor democracia.
Como lo demuestran claramente algunos procesos políticos en la región
-llamativamente los correspondientes a países que lideran el desarrollo
democrático latinoamericano- el camino que no transita la turbulencia populista
sin destino, ni la anomia democrática y lábil de repúblicas fallidas, es el que
se sostiene en base a un aprendizaje acumulativo y acumulable de dirigentes y
dirigidos en la búsqueda permanente del perfeccionamiento institucional y la
eficiencia política. Este último camino es el que pretendemos sostener y
promover.
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“ Tomando los populismos en serio” - Editorial Revista Electrónica
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